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 Nueva entrada de "Panzerfaust. El sitio de berlín"

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jan kubis



Mensajes : 7
Fecha de inscripción : 06/07/2010

MensajeTema: Nueva entrada de "Panzerfaust. El sitio de berlín"   Dom 22 Ago 2010 - 19:53

mañana del 23 de abril de 1945 II

El grupo de Kringe no tuvo problemas para tomar posición en la vieja chocolatería. Como el edificio estaba casi intacto, a excepción de la terraza, los soldados se distribuyeron en grupos de dos por los distintos pisos y el sótano. El cabo Kringe, que todo lo que no tenía de altura lo tenía de practicidad, destacó a Schmidt en el primer piso para que tuviese un ángulo de tiro preciso y una buena panorámica. Enviarlo más arriba era exponer la MG-42 gratuitamente al fuego de los blindados.
Alertados por los lejanos disparos de una ametralladora que suponía era la de Niedermeier, Kringe corrió apresurado hacia la maltrecha azotea para intentar ver algo. Una vez arriba, preguntó al soldado que allí se apostaba:
–¿Lambertsen, has visto algo?
El soldado danés, rubio como la mayoría de sus compatriotas, se rascó la nariz contrariado, y masculló:
–Es más lo que puedo suponer de lo que he visto. Disparos de una MG-42, un par de explosiones y nada más. Ver, ver, sólo veo un tanque.
–Tarde o temprano hoy nos van a sacudir –asevero Kringe mientras se hacía visera con la diestra para intentar ver a lo lejos.
–Más vale que sea temprano, esta espera me pone los pelos de punta –se quejó Lambertsen.
Frustrado por no poder ver nada, Kringe soltó un tremendo escupitajo al vacío. Encendió un cigarrillo y convidó otro al danés. Cuando ya estaba descendiendo por la escalera camino a controlar las demás posiciones, sugirió:
–Ten ese panzerfaust bien a mano… nos hará falta.
Tras repasar los distintos emplazamientos de sus soldados, el cabo bajó hasta el sótano, dónde algunos hombres estaban calentando sus raciones al calor del fuego.
–¿Quiere un poco de café o sopa, cabo? –preguntó un gigante danés de casi dos metros llamado Jensby.
–¡No seas necio, Jensby! –se burló el otro soldado que había en el lugar–, mejor convídale al cabo un poco de ese licorcito que guardas en tu cantimplora extra.
–Un poco de sopa está bien –respondió Kringe.
–Usted se lo pierde, cabo.
–Gracias Rommedahl, pero necesito estar bien lúcido –se excusó el cabo.
–Yo con un par de tragos encima disparo mejor –dijo entre risas Rommedahl y manoteó la cantimplora de su compatriota.
–Lamentablemente eso es verdad –aseguró Jensby–, ebrio como una cuba destruyó tres blindados rusos.
–¡Cuatro! –corrigió molesto el aludido.
–Tres –volvió a decir calmo el gigante, y acotó–, el cuarto es producto de la bebida.
–Entonces que se beba toda la cantimplora –dijo Kringe serio.
Los dos daneses miraron al pequeño cabo sin saber si hablaba en broma o en serio. Como el rostro de Kringe permaneció impasible mientras degustaba la sopa, prefirieron callar.
Una vez terminada la sopa y bebido el café, y antes de retirarse, Kringe aconsejó a sus compañeros de almuerzo y a un tercero que recién había descendido a comer algo:
–Guarden una bala por si son heridos, no tenemos ningún puesto de socorro cerca.
El subsuelo se mantuvo en silencio mucho después de que se marchara el cabo. El saber que si uno era herido quedaba a su albedrío no era para nada alentador. Estar tanto tiempo entre tiros y explosiones, como estaban para esas alturas todos los soldados del Reich, hacía a los hombres no pensar en la muerte. Simplemente ella estaba ahí frente a sus ojos; sin embargo, en los pocos momentos de tranquilidad que los soldados tenían el sólo pensar en ella podía llegar a paralizarlos. Ellos también, al igual que sus camaradas caídos, podían morir.
–¡Condenado cabo! –maldijo Rommedahl molesto.
Los otros dos hombres asintieron.

–¿Aún le sigue molestando el tobillo? –sintió Zorc que le hablaban a sus espaldas.
–Hasta que me muera.
–Por lo menos lo tiene, yo aún hecho de menos los tres dedos de mi diestra –dijo resignada la misma voz.
Zorc se dio vuelta, y se encontró con un soldado con la mano derecha en alto y sólo dos dedos.
–¿Y eso cómo sucedió?
–El frío de Stalingrado –respondió el soldado–, sin embargo no me quejo, a otros le fue mucho peor.
El sargento se quedó mirando al joven que tenía frente a sí. Su rostro atestiguaba a lo sumo unos veintidós años, pero las heridas de sus cuerpo y su mirada mostraban que era ya todo un endurecido veterano.
–¿Cómo te llamas, chico? –preguntó Zorc mientras sacaba dos cigarrillos.
–Christian Frost –respondió el soldado y aceptó el tubo de tabaco.
–Al principio de la guerra, quizás cuanto todo todavía marchaba bien, uno podía conocer a la mayoría de los hombres con quienes servía; pero en estos tiempos –intentó excusarse Zorc súbitamente avergonzado por no registrarlo en absoluto.
–Sargento, hace menos de cuarenta y ocho horas que estoy en esta “unidad” –Frost acentuó la última palabra dándole la razón a su superior.
Zorc iba a decir algo pero prefirió callar. No era su culpa. No hacía ni cuatro días que lo habían adscrito a la fuerza a la Nordland.
–Hablar de tal o cual unidad en estos tiempos es poco más que un chiste –señaló Frost.
Zorc asintió y le pegó una larga pitada al cigarrillo. Por un instante, dejó que se le llenaran de tabaco los pulmones. Luego lo fue exhalando lentamente. Cuando se disponía a pegar otra pitada igual, fue interrumpido.
–¡Perdí la ametralladora!
Zorc reparó en los hombres que habían entrado a la habitación. Niedermeier que era el que había hablado estaba con el rostro lívido, en tanto que a Kummer parecía importarle todo un tremendo carajo.
–¿Cómo es eso? Explícate, Erich –ordenó el sargento.
–Atacó nuestra posición un blindado con infantería –comenzó a relatar Niedermeier aún nervioso–. Abrimos fuego y matamos varios ivanes; pero luego nos volaron de un cañonazo.
–¿Y el otro? –Zorc no se acordaba el nombre.
–Está muerto –habló por primera vez Kummer.
–Cumplieron con sus órdenes, vayan a que les sirvan algo caliente –dio por terminada la conversación el sargento.
Esas eran las incongruencias de la guerra pensó Zorc. Un hombre había muerto y a los demás les importaba que se hubiese perdido una ametralladora. Lamentablemente en esas circunstancias, la MG-42 era más vital, pero odiaba pensar así. Se negaba a pensar así.

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