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 “UNA MUJER QUE CAYÓ DEL CIELO”

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MensajeTema: “UNA MUJER QUE CAYÓ DEL CIELO”   Sáb 4 Ago 2012 - 11:44

“UNA MUJER QUE CAYÓ DEL CIELO”



La suboficial auxiliar María Rosa López es la primera mujer paracaidista de la Fuerza Aérea Argentina. En esta nota nos cuenta las peripecias que tuvo que sortear para obtener el preciado brevet
Por Laura Pereyra

“Desde chica tenía muchas ambiciones, siempre quise ingresar a la Fuerza Aérea. Si hubiese sido por mi, habría entrado antes, pero mis padres no me dejaron”, comienza su relato la joven suboficial que se desempeña como encargada de mantenimiento radioeléctrico del Instituto de Formación Ezeiza (IFE).
María Rosa López nació en Jujuy, tiene 30 años y ocho hermanos. Cuando era muy pequeña, su familia se mudó a la ciudad cordobesa de Villa Liceo donde residen actualmente.

En una distendida charla con Noticias en Vuelo, la suboficial contó que empezó a interesarse por la Fuerza Aérea cuando en el Instituto “Nuestra Señora de las Mercedes” -donde realizó su secundario- se hacían reconocimientos a ex combatientes y varios de ellos contaban sus experiencias en Malvinas. “Escuchar sus historias y ponerme en la piel de los que dieron su vida por la Patria hizo que quisiera ser parte de una Institución con tanto prestigio y trayectoria”, afirma María Rosa hoy.

Finalmente, en 1999 ingresó a la Escuela de Suboficiales (ESFA) de Córdoba y luego de tres años de instrucción, obtuvo la jerarquía de cabo con la especialidad en Mecánica Electrónica y la subespecialidad en Comunicaciones. “Me fui muy chica de mi casa pero siempre fui muy independiente. Tanto mis padres como yo nos adaptamos y no sufrimos el desarraigo. Como aspirante, uno se prepara mentalmente para aceptar el destino que te asignen, sea en el norte o en el sur del país”, expresó la suboficial que al egresar en 2001 fue destinada en el Grupo I de Comunicaciones Escuela (GICE) de la II Brigada Aérea de Paraná y unos años después recibió el pase al IFE, en Ezeiza.

EL ANHELO DE SER “PARACA”
Tras varios intentos por realizar el curso de paracaidismo, a principio de año el comodoro Rubén Paisano, jefe del Grupo Base y del Servicio de Comunicaciones, le notificó que había sido inscripta y que tenía que presentarse en la Escuela de Tropas Aerotransportadas y Operaciones Especiales de la IV Brigada de Paracaidistas del Ejército Argentino.

Con el apto psicofísico en mano, María Rosa arribó a La Calera, en Córdoba -donde se encuentra emplazada la Escuela de Paracaidistas- para realizar la prueba que determinaría su ingreso al curso: 4.000 metros de atletismo, flexiones en barra y abdominales, serían la llave de acceso.
Al contar cómo superó exitosamente esa etapa, afirmó que haber entrenado años anteriores; representar a la Fuerza Aérea en atletismo en los Torneos Interfuerzas durante cuatro años y saber de antemano lo que se iba a realizar en el curso fueron la clave.

“En cuanto me confirmaron que estaba aprobada, me emocioné por haber superado las exigencias; me trajo tranquilidad y pensé: ‘listo, ya estoy adentro’. Lo primero que hice fue avisarles a mis padres y a algunas compañeras del IFE; el resto creo que se dio cuenta cuando pasó una semana y no volví”, contó entre risas la suboficial a la vez que aseguró sentir el reconocimiento de sus compañeros de trabajo que hoy le consultan sobre sus experiencias personales y le piden consejos.

El Curso Básico Conjunto de Formación de Paracaidistas Militares (C-18) cuenta con una larga trayectoria y se dicta para el personal de las tres Fuerzas Armadas. Desarrollado durante 35 días (incluida la primera instancia de ingreso), consiste en un entrenamiento físico, psicológico y de psicomotricidad ya que implica una actividad extrema y de alto riesgo que el ser humano no realiza naturalmente. Para eso, se instruye a los cursantes a fin de que adquieran destreza, habilidad, seguridad y fuerza en brazos y piernas a fin de prepararlos para una posible situación de combate.

En esta oportunidad, la Promoción 60/4, a cargo del sargento ayudante Luis Miranda, estuvo integrada por más de ochenta alumnos, en los grados de oficiales y suboficiales, con un promedio de edad que va entre los 20 y 40 años. Del total, había veinte militares de la Fuerza Aérea, dos de la Armada, dos oficiales egipcios y el resto del Ejército. De ese grupo, sólo tres eran mujeres: Rosa y dos integrantes más del Ejército.
Reconociendo la preparación física que caracteriza al personal de esa fuerza, López aseguró que no se sintió en desventaja y que “de las tres categorías incluidas en el curso de acuerdo a las exigencias por sexo y edad, rendí todo en la 1º categoría masculina para demostrar que sí podía”.

Para trabajar de manera coordinada, los cursantes fueron repartidos en equipos de 16 alumnos, con un instructor a cargo. La suboficial López integró “La patrulla de Don Gato” al mando del sargento José Zarazaga.
Cada mañana comenzaban el día con una exigente rutina física; luego desayunaban y, alistados con uniforme y casco de combate, en el campo de instrucción, realizaban pruebas de paracaidismo, como es el caso de la técnica en caída. Por la tarde, dependiendo del día, continuaban con el entrenamiento específico o cursaban materias como primeros auxilios y servicio en vuelo. “Todo fue paso a paso. El Ejército tenía todo preparado; son muy exigentes y detallistas. Los admiro mucho”, manifestó.

Para saltar satisfactoriamente, las técnicas sobre cómo salir de la aeronave y caer en tierra son requisitos claves. Esa práctica se realiza desde el “bombi” (estructura de una aeronave armada específicamente para el lanzamiento real) y, según la suboficial, es la parte más difícil del curso. Ella contó que aunque siempre soñó con ser paracaidista, al instante de lanzarse, la situación no le resultó tan fácil como pensaba, sino todo lo contrario: llegó a creer que no iba a lograrlo. “Mis primeros saltos los hacía con mucho miedo. Era ponerme en la puerta, cerrar los ojos y caer al vacío sin mirar. Cuando comprobé mi dificultad, me di cuenta que tenía que cambiar porque si seguía así, no me iban a habilitar”, relató pensativa y continuó: “Tuve que aprender a controlar el miedo y salir con impulso y seguridad. La sensación de estar en la puerta con el arnés puesto, decirme mentalmente ‘salí’ y no poder saltar es como un juego entre la mente y el cuerpo. Aunque se tenga la mejor preparación física, controlar el miedo depende pura y exclusivamente de cada uno”.

EL PRIMER SALTO
Un día antes del final del curso, llegó el momento más esperado: era hora de aplicar y demostrar lo aprendido durante la intensa instrucción teórico-práctica.
El primer salto, a una altura de 500 metros, se realizó desde un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina que partió de la Escuela de Aviación Militar. Al arribar al punto de lanzamiento en la Escuela de Paracaidismo, López recordó que se hizo un silencio general y que todos se miraban inmutados. Cuando uno a uno controlaron que los equipos personales estuvieran en condiciones, había que saltar.

Al recordar ese episodio, Rosa afirmó con orgullo que lo hizo sin dificultades porque efectivamente logró controlar el miedo. “Fue increíble ver a los primeros que iban saliendo y desapareciendo. Al tirarme experimenté mucha adrenalina. La caída, que dura unos 49 segundos, genera una sensación muy particular que sólo la describe el que la vive. Además, sentí una superación personal, lo disfruté, me sentí segura y en el momento en que estaba cayendo miré la inmensidad del cielo y me dije: ‘ya soy paraca’”, contó entre risas.

Al pisar tierra, todos se abrazaron entre lágrimas y sus instructores los bautizaron con sidra y harina. Luego, volvieron a la Escuela de Aviación para realizar dos saltos más. “Mi mamá me pudo ver en el segundo lanzamiento, se largó a llorar y me dijo: ‘Mari, marcaste la historia, sos la primera mujer paracaidista de la Fuerza Aérea’”.

Para alegría de los cursantes, les confirmaron que durante la madrugada realizarían el primer salto nocturno “que fue totalmente diferente porque no se veía nada, no sabíamos para qué lado estaba el viento ni dónde estábamos ubicados. Lo único que se veía eran varios puntos rojos que marcaban el límite de la zona de lanzamiento. Caímos muy lejos del área delimitada, no se veía nada más que las sierras y las luces de la ciudad. Además, la altura del pastizal nos dificultó plegar y guardar el paracaídas y avanzar para llegar al punto de encuentro. Con los gritos logramos encontrarnos, reconocer la zona y llegar juntos”.

Cerca de las 7 de la mañana, cuando el sol gradualmente asomaba, realizaron el segundo vuelo nocturno con la diferencia de que se trató de un salto de combate que incluyó el uso de armamento y una mochila enganchada en los pies con elementos necesarios para afrontar una posible situación de supervivencia.
Tras este último salto, corolario del curso, los flamantes paracaidistas volvieron a la Escuela donde las autoridades y sus familiares los esperaban ansiosos para felicitarlos, otorgarles el diploma y el brevet que los distingue.

Al analizar la relación con sus compañeros, Rosa contó que al principio sintió diferencias pero que cuando realizó el primer salto, se sorprendieron y se emocionaron por su logro. “De parte de mi equipo siempre sentí un gran compañerismo, nos alentábamos mucho y cuando alguno decaía nos uníamos para avanzar juntos (…) Varios se acercaron, me tendieron la mano y me dijeron: ‘mujer, te felicito’”.

UN REGRESO CON ORGULLO
Luciendo el brevet en su uniforme, la suboficial López volvió al IFE y se presentó al comodoro Paisano. “Volví del curso sin novedad señor, le dije, y me felicitó no sólo por mis logros personales sino porque él también es paracaidista y sabe lo que eso implica”, afirmó Rosa.
“Si volvía con las manos vacías me hubiese frustrado mucho y creo eso hubiese influido en otras pruebas que me interponga la vida. El no haber retrocedido me favorece para poder afrontar todos los objetivos y planes que me proponga a futuro. Tengo muchos proyectos por cumplir”, contó reflexiva.

A nivel personal ella siente satisfacción por haber alcanzado una meta tan deseada y valora el reconocimiento por parte de la Fuerza Aérea y del Instituto de Formación Ezeiza que le dio esta oportunidad.

“Ser la primera mujer de la Fuerza Aérea en hacer este curso me da mucho orgullo a la vez que me reconforta saber que las mujeres podemos hacer cosas al mismo nivel que los hombres. Hay muchas actividades que siempre se pensaron para el género masculino y ahora se nos están abriendo muchas puertas. Como mujer demostré que podemos y me sorprendió el reconocimiento de los hombres en una sociedad que está cambiando notablemente”.

Hoy, María Rosa vive en el Casino de Suboficiales del IFE. Reparte su tiempo entre el trabajo y su permanente preparación física dentro de las instalaciones del IFE y de un gimnasio cercano. “El C-18 es el principio. Quiero seguir perfeccionándome, hacer más cursos y mejorar mi rendimiento (...) Por el momento estoy sola y mi vida amorosa queda en un segundo plano”, finalizó risueña su relato.






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MensajeTema: Re: “UNA MUJER QUE CAYÓ DEL CIELO”   Sáb 4 Ago 2012 - 11:54

Muy bien por María Rosa!!, buena posición de caida en la última foto!!! jajaja
Saludos saludos
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MensajeTema: Re: “UNA MUJER QUE CAYÓ DEL CIELO”   Sáb 4 Ago 2012 - 19:48

Felicitaciones a la suboficial por ser la primer paracaidista de la FAA, que lleve en el pecho y el corazón sus alas con el orgullo que ello implica, ya que ha demostrado estar a la altura, por esfuerzo propio, de la dignidad y confianza que nuestro pueblo le ha depositado a través de este curso y de la Fuerza Aérea.

Sin perjuicio de esto, vuelve a demuestrar algo de lo que sobran ejemplos en la historia y a lo largo y ancho del mundo: que la mujer está en pie de igualdad con el hombre para cualquier tipo de tarea, incluso las militares, aunque muchos adoremos su femeneidad.

Saludos
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