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 Infografía de la batalla de Trafalgar

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Quequén Grande
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MensajeTema: Infografía de la batalla de Trafalgar   Vie 23 Oct 2015 - 15:45

El 21 de octubre se cumplió un nuevo aniversario de la Batalla de Trafalgar. En la misma se enfrento una fuerza naval franco española comandada por Pierre-Charles Silvestre de Villeneuve y la flota británica al mando de Horatio Nelson.

Es considerada como el mayor combate naval entre barcos de línea en la historia, les dejo un vídeo infográfico en donde se puede ver en detalle el combate y la característica de la nave de línea “Santísima Trinidad”, único buque del mundo con 4 puentes.


Un abrazo Ricardo.

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No hay prédica mas eficaz de amor a la patria, que la historia bien estudiada.
José Manuel Estrada
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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Vie 23 Oct 2015 - 17:56

Cuando se refiere a 4 puentes estamos hablando a las zonas donde se comanda el buque? O a la cantidad de cubiertas con poder de fuego (cañones)?
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Quequén Grande
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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Sáb 24 Oct 2015 - 4:27

Hola Matías,

Como dicen que una imagen vale más que 1.000 palabra, empiezo por ella

Representación esquemática de un navío de línea de tres puentes:
1) Pañol de municiones.
2) Santabárbara.
3) Antepañol. Cuarto donde se cargaban de pólvora los cartuchos.
4) Tapabalazo. Vía de agua tapada con tablas de madera y planchas de plomo.
5) Tiro doble. Requerido para quebrar el casco del barco enemigo.
6) Cañón con cureña y aparejos.
7) Cubierta Principal

Como podes ver en esta imagen cada puente representa una cubierta, pero vamos desde el principio.

Las reinas de los mares entre el siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX eran los buques de líneas, estas naves se denominaban así porque al formarse en combate se alineaban unos detrás de otros formando de esta manera un muro de artillería.

Estos navíos se clasificaban de la siguiente manera,

Navío de tres puentes: el que tiene tres puentes o baterías corridas de popa a proa y que regularmente no monta menos de 120 cañones. Asimismo hubo un navío de cuatro baterías llamado Santísima Trinidad, español, que fue el único de su clase y llegó a artillar, durante la batalla de Trafalgar, 140 cañones.

Navío de línea: cualquiera de los sencillos o de los de tres puentes que por esta circunstancia se considera a propósito para entrar en la formación de una línea de combate. Lo general es que no monte menos de 74 cañones de grueso calibre, pero ha habido en otro tiempo navíos de línea con menos de 60 cañones.

Una imagen de los distintos tipos de buques de Línea


Para finalizar y completar, aunque se podría estar hablando días de estos hermosos buques pero mi idea no es él de aburrirte, te comento que en esa época la artillería no se media por calibre, sino por el peso de la bala que podía disparar, siendo por supuesto los más potentes lo que disparaban la mayor carga de munición. Indudablemente cuanto más potente era el arma traía como consecuencia que fuese mas pesada.

Por esta razón los cañones más potentes se ubicaban en el puente inferior y los de menor potencia en el puente superior.


Un abrazo Ricardo.

Fuente consultada:
Wikipedia:
             https://es.wikipedia.org/wiki/Nav%C3%ADo_de_l%C3%ADnea

Todo a babor:
                  http://www.todoababor.es/vida_barcos/nav.htm
                  http://www.todoababor.es/vida_barcos/arm_nav.htm

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José Manuel Estrada
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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Sáb 24 Oct 2015 - 10:27

Siempre miré con atención la actuación del almirante francés, Villeneuve, por eso traigo al topic sin que nadie me halla llamado esta nota que me pareció significativa.


Villeneuve, el Almirante Incomprendido

En un amanecer radiante de julio de 1779 frente a Georgetown (Granada, Indias occidentales) y durante un fiero intercambio de cañonazos entre el buque francés de 74 cañones Zelé y el británico Lion, del mismo porte, tuvo lugar un hecho que dejó boquiabierto al capitán del barco francés, Pierre de Suffren. Un balazo desmontó el último de los cañones del alcázar y la cureña aplastó la pierna de uno de los servidores de la pieza, que empezó a chillar como un gorrino en la matanza. Los demás artilleros intentaban mover la mole que lo atenazaba y liberar al infortunado. Las balas seguían silbando por encima de la borda y perforando jarcias y obenques. De repente, un imberbe guarda marina de apenas 15 años abandonó su puesto en la toldilla y se unió al grupo que trataba de elevar la pieza. Con su ayuda, consiguieron levantar el cañón que aprisionaba la maltrecha extremidad y el herido fue evacuado a la enfermería. El marinero lo reemplazó y el cañón empezó a devolver el fuego con más viveza que antes, con el resultado de que el Lion perdió el mastelerillo de mesana y parte de la arboladura contigua. A los pocos minutos el barco inglés quedaba sotaventado y se apartaba de la acción, buscando refugio en St. Christopher (costas de Jamaica). Con su pequeño acto de hombría, el neófito marinero había contribuido a una decisiva victoria francesa aquel 6 de julio en la batalla de Granada, enfrentamiento naval que disputaron la escuadra del almirante Comte D´Estaing y la del vicealmirante británico John Byron, en el marco de la guerra de la independencia de los Estados Unidos.

A instancias de Suffren el joven guarda marina fue llevado a presencia del jefe de escuadra D´Estaing, que izaba su insignia en el Annibal, de 80 piezas. Una vez en el confortable camarote, D´Estaing le preguntó su nombre. Una voz temblorosa acertó a decir: “Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve”.

Dos años más tarde en la misma campaña y ya con los galones de alférez en los hombros, Villeneuve fue herido de consideración en la cadera por la metralla de los cañones del buque inglés Invincible (74) que estaba prolongado al suyo, el Marseillais, también de 74, en el transcurso del choque naval entre las escuadras de Comte de Gras y Thomas Graves, en septiembre de 1781 frente a Cape Henry (Nueva York), en la que vino a llamarse la batalla de Chesapeake. El capitán del navío, Castellane de Masjastre, viendo como el blanco pantalón del alférez se teñía de rojo, llamó a dos guardia marinas para que ayudasen a bajar a Villeneuve al sollado y siguió dirigiendo la acción desde el castillo de proa. Al percatarse de la resistencia que ofrecía el alférez a abandonar su puesto junto al palo de trinquete, Masjastré clavó su mirada en el sanguinolento marino y gritó: “Sr. Villeneuve, haga que un médico le mire esa herida, ¡es una orden!”. El renqueante oficial desapareció por la escalerilla del combés abrazado a dos marineros. Horas después, cuando la desbaratada flota inglesa se había retirado, el mismísimo Comte de Grasse se interesó por este valeroso oficial cuando Masjastré le relató su comportamiento.  

La toma de la plaza de la Bastilla y la consiguiente transformación de la realidad francesa estalla en la cara del teniente de navío Villeneuve. De una familia aristocrática, Villeneuve debe buscarse otra ocupación cuando los revolucionarios hacen una criba rigurosa en la lista de mandos del ejército y la marina de guerra que supone la expulsión de todos aquellos con ribetes de sangre noble, que eran casi todos. Se anticipa a esa deshonrosa forma de salir de la armada y presenta su renuncia una semana antes de que una delegación del directorio entre en su casa de París para comunicarle personalmente la decisión de sus nuevos superiores que le obliga a abandonar la armada o a quedarse, si lo desea, como guardia marina.

Villeneuve inicia un negocio de telas y retales en el barrio judío de Marais, en las inmediaciones de la catedral de Notre Dame. Próspero comerciante, contrae matrimonio mientras estudia la manera de volver a lo que es su verdadera pasión: el mar. Tras una serie de reuniones con personas cercanas a Lafayette, Villeneuve reingresa en la marina y recupera su capitanía en 1793 al mando del navío de 74 cañones Peuple Soverain con base en Tolón, a cambio de abjurar de su pasado realista e integrarse en el espíritu que emana de la revolución. La llegada de una ingente escuadra aliada anglo-española a ese puerto sureño francés en ese verano para apoyar a los toloneses que se oponían a la revuelta obliga a abandonar la flota francesa fondeada en el muelle y deja a Villeneuve otra vez sin navío. A principios de diciembre y deambulando por el promontorio del cabo Balaguier, le presentan a un lampiño y peludo capitán de artillería cuya estrategia bélica acaba de desalojar a las tropas aliadas desembarcadas de la península de Caire: Napoleón Bonaparte. En este primer encuentro, ambos oficiales se trataron con indiferencia, si bien Villeneuve se sorprendió de que un individuo tan enclenque y desaliñado se hubiese ganado la confianza del general Dugomier, cuyos subordinados habían recomendado a Napoleón ante el general. Bonaparte, 6 años más joven que Villeneuve, tenía una gran culpa de la victoria revolucionaria y de haber puesto en fuga a una numerosa flota enemiga de más de 50 buques que abandonaron la rada de Tolón a finales de ese año 1793. Por cierto, uno de esos navíos, el Agamemnon, de 64 cañones, era capitaneado por un tal Horatio Nelson.

Hacia las 5 de la tarde del día 1 de agosto de 1798, el contralmirante Villeneuve se encontraba a bordo de la fragata Diane (40), fondeada en la bahía de Aboukir, Egipto. Había sido invitado a cenar en el camarote del contralmirante Decrest, que arbolaba su insignia en la citada fragata, junto al capitán de la misma, Solen. Entre ambos contralmirantes había una complicidad especial desde que, tras un almuerzo en el salón de recreo del buque insignia de la flota francesa que escoltaba al ejército de Bonaparte a Egipto, L´Orient (120), el almirante anfitrión Brueys D´Agailliers había intentado congraciarse con el rechoncho y taciturno general del ejército francés después de que aquél se hubiese enterado de que Napoleón había redactado un informe para el directorio en donde criticaba duramente la falta de disciplina que había observado en las filas de la marinería a las órdenes de Brueys. En ese dictamen, Bonaparte describía como, durante la travesía desde Tolón, la cubierta del L´Orient apestaba y los artilleros tardaban más de 1 minuto en amartillar un cañón, en las escasas veces que, mediante un zafarrancho de combate simulado, el general había visto en acción a la dotación del navío. Déspota en el mando y gran conocedor del funcionamiento de las piezas, Bonaparte se reía para sí cuando veía aquel puñado de harapientos tratando de hacer fuego sobre la nada. Ese almuerzo fue la única vez que Villeneuve y Napoleón cruzaron algunas palabras durante la navegación. Impecable en su atuendo y poco locuaz, el general apenas explicó su actuación en la invasión de Italia a unos oyentes acomplejados y mal vestidos, según apéndice que también aparecería en aquel informe al directorio.  Parece ser que la revolución había traído nuevas normas de etiqueta a los navíos franceses.

Desde los jardines de popa del Guilleaume Tell (80), insignia de Villeneuve, que se encontraba anclado a unos 200 metros a estribor de la fragata casi al final de la flota, su capitán Saulnier ordenó izar en el palo mayor la bandera con la señal de “enemigo a la vista”, replicando la que a su vez ondeaba en el enorme L´Orient, en la mitad de la línea francesa. Villeneuve se lanzó al bote que lo esperaba a estribor de la fragata y fue llevado raudo de vuelta a su buque. Una vez en la cubierta del Guilleaume Tell, con el telescopio pudo ver a la Royal Navy de Nelson, con viento en popa, dirigiéndose sin vacilar hacia el interior de la bahía. Tras un intercambio de opiniones con Saulnier, Villeneuve propuso al comandante en jefe Brueys mediante señales, cortar los cables y salir al encuentro del enemigo. El Genereux y el Mercure, al final de la línea, secundaron la sugerencia del contralmirante. En el L´Orient seguía ondeando la bandera de prepararse para combatir en línea anclada, por lo que Villeneuve preparó a sus artilleros y mandó abrir las troneras.

Desde las 6 de la tarde hasta que la penumbra se hizo total, el Guilleaume Tell no pudo efectuar un solo disparo certero, pues la flota inglesa se presentó por la vanguardia de la línea franca. Las banderas de señales eran casi inútiles en la algarabía de humo y estrépito. Villeneuve aguzaba la vista y dirigía el espejuelo al altísimo palo mayor del Mercure, justo delante de él, por si alguna nueva orden proveniente del insignia de Brueys definía el curso de la batalla. La inactividad estaba comiendo la moral a la tropa y Villeneuve ubicó tres piezas más en la amura de estribor y cañoneó a la escuadra de Nelson a ciegas. Con su propia línea tapando sus objetos de fuego, el Guilleaume Tell tuvo que contentarse con mandar salvas a la dirección de la que surgían los fogonazos británicos. No había otra opción. Saulnier maldecía en el castillo de proa mientras escuchaba como los cañones ingleses machacaban sin piedad a los inertes navíos de la vanguardia y centro. A las 20.30 h una nueva señal apareció en el palo mayor del Mercure, que repetía la que ondeaba en el insignia de Brueys: “acudan en ayuda de los buques más castigados”. Villeneuve ordenó soltar las velas y subir las anclas. Saulnier se apresuró a reorganizar las baterías. El navío, una mole de casi 2.000 toneladas, estaba encajonado entre el Mercure y el Genereux. En una oscuridad total y con una suave brisa del norte aquella maniobra de zarpar se antojaba poco menos que imposible y muy azarosa. Además, el estruendo en derredor añadía dificultad a la misma.

Cuando hacía casi un mes la flota de guerra francesa llegó a la bahía, en una reunión de todos los comandantes con Brueys en el L´Orient, Villeneuve propuso situar los buques más poderosos (Franklin, Tonant y el suyo, todos de 80 piezas) al norte de la línea, para, en caso de necesidad, acudir en auxilio del resto de navíos con el viento a favor, predominantemente norte-noreste en toda la rada. Dalbarde, Trullet y Emerlau estuvieron de acuerdo con Villeneuve, pero, tras una votación y en un reflejo del espíritu democrático que rezumaba desde la revolución en la marina, Brueys se salió con la suya y los buques fueron dispuestos de manera que el Guilleaume Tell, Timoleon y Genereux se quedaron sin objeto de fuego durante más de 12 horas. Desde su posición Villeneuve pudo ver a las 22.00 un resplandor gigantesco que encendió la noche alejandrina. Cuando el L´Orient estalló con su almirante abordo, Villeneuve quedó al mando de la flota. En ese momento, dos tercios de la línea francesa estaban fuera de combate y las posibilidades de los demás de abandonar la bahía eran nulas. Cuando despuntó el día, Villeneuve, aprovechando un ligero repunte del viento y que los ingleses estaban muy ocupados con sus presas, ordenó zarpar y se llevó consigo al Genereux y dos fragatas, los únicos buques que quedaron enteros, dejando a Napoleón y su ejército invasor aislados en las ardientes arenas africanas. Durante esos breves minutos, una imagen de desolación y muerte se grabó a fuego en su memoria; una buena parte de sus amigos y camaradas habían sido destrozados por los cañones enemigos y los orgullosos navíos que habían partido de Tolón no eran más que un montón de pecios humeantes a la deriva. No consiguió nunca superar ese trauma, según relataría más tarde en una confesión epistolar a su mujer.
Al anochecer del 19 de agosto de 1804 en su camarote a bordo del Bucentaure (80), fondeado en Tolón, el almirante en jefe de la flota en ese puerto francés, Louis-René Levassor de Latouche Tréville, antes de acostarse, se disponía a tomar el baño de vapor que sus galenos le habían recetado para los dolores pectorales que padecía desde hacía más de una década. Latouche, de 59 años, era, probablemente, el marino más efectivo de la armada francesa, pues había rechazado varios ataques de la Royal Navy al puerto septentrional francés de Boulogne, en el canal de la Mancha. En uno de ellos, acontecido en el verano de 1801, echó a pique 6 barcos de la escuadra de Nelson, que ya venía escaldado de Copenhague.

Cuando Latouche Treville se inclinó para desabrocharse el bucle de su bota derecha, un dolor agudo en la parte alta del pecho lo dejó sin respiración durante varios segundos y se desplomó sobre el barreño. El ruido alertó a dos de sus pajes que estaban en la estancia contigua. Llamaron a la puerta y no obtuvieron contestación. Atemorizados, la abrieron y se precipitaron sobre el valetudinario almirante, cuya cabeza estaba semihundida en la bañera, con el resto del cuerpo colgando del borde. Había muerto de un ataque al corazón.

Esto supuso un varapalo para Napoleón, pues el temprano anciano contaba con toda su confianza para materializar su sueño de someter a la pérfida Albión. Entre los posibles sustitutos del difunto se encontraba Villeneuve. Eustace de Bruix, un experimentado y combativo almirante, había difamado públicamente al en su día primer cónsul, por lo que fue eliminado de la lista. El ministro de marina Decres, patrocinó personalmente a Villeneuve, que el 19 de diciembre de 1804 llegaba a Tolón e izaba su insignia de su nuevo empleo de almirante en el navío que había visto expirar a Latouche-Treville. En una carta sellada y con el remite de Bonaparte, Villeneuve recibía un pormenorizado plan de la invasión de Inglaterra que aquél tenía preparado para el verano del año siguiente. Villeneuve aseguró a Decres que cumpliría con su parte en el ambicioso proyecto “al pie de la letra”.

La inteligencia del puerto informó al almirante que frente a la rada tolonesa, no menos de 10 navíos de línea acechaban a la flota y su nuevo almirante. Al mando de la misma se erigía el Victory (100), en cuyo palo mayor volaba el gallardete del vicealmirante Nelson, de infausto recuerdo para Villeneuve.

Después de varios intentos de salir de puerto para cumplir con su parte del plan napoleónico, Villeneuve presenta su renuncia al ministro Decres en una carta fechada el 22 de enero de 1805. En ella, se justificaba diciendo que él no había solicitado ese puesto y que prefería ser útil a la armada francesa mediante el desempeño de labores más discretas y prácticas, y que no perseguía la gloria ni el reconocimiento de sus paisanos a través de grandes gestas militares. Además, criticaba subrepticiamente la preparación de sus capitanes y marinos por falta de actividad, la provisión naval que recibía desde la prefectura y ponía en solfa la capacidad de enfrentar los buques ingleses con garantías suficientes debido a aquella deficiencia. A continuación, decía que a igualdad de fuerzas, la flota inglesa saldría victoriosa y que, para derrotarla, sería necesario contar al menos con una ventaja de 3 a 1, ya que, “desde que Nelson surca los mares, ninguna flota había podido derrotarlo en mar abierto”. Apostillaba que la alianza con la marina española era un lastre más que una ayuda y describía a las tripulaciones de los espléndidos barcos españoles como “un puñado de pastores y mendigos”.

Ayudado por los elementos que alejaron a la escuadra de bloqueo, después de haber burlado la vigilancia de Nelson y tras un paseo por las Indias Occidentales, el Bucentaure de Villeneuve tuvo su bautismo de fuego en la batalla del cabo Finisterre, el 22 de julio de 1805, frente a la escuadra del vicealmirante británico Calder. La primera intención del francés fue eludir al enemigo y seguir camino hacia Brest, donde era esperado con impaciencia. La flota francesa estaba formada por 20 navíos; en el horizonte, 15 volaban la enseña de Jorge III, algunos de primera clase. Le daban pánico los navíos de tres cubiertas, decía que eran muy pesados y aparatosos y , en caso de desastre, era muy difícil abandonarlos, por eso había rechazado el Majesteux. No se cumplía la condición de la proporción a favor que había explicado en su carta a Decres. Según sus cálculos, necesitaba 60 navíos para salir airoso de la escaramuza.

Izó la bandera de caza general. En ese choque y a pesar de sus reproches a su propia tripulación, los cañones del Bucentaure tuvieron una precisión asombrosa: de 198 disparos en las seis primeras andanadas, más de 150 arañaron los cascos y arboladuras del Prince of Wales, Glory y Thunderer, los dos primeros de tres puentes. El segundo contramaestre tuvo la paciencia de contar cada fondo blancuzco que aparecía en la madera británica tras un impacto. Villeneuve se preocupó de que la línea hispano-francesa, que lideraba Gravina en el Argonauta (80), se mantuviese cohesionada entre la densa niebla gallega. Las baterías del Bucentaure eran servidas con ardor y frenesí, mientras el capitán Magendie miraba con admiración a Villeneuve, estático en la toldilla. Un manto lívido cubrió la cara del almirante cuando una bala de cañón remitida por el Dragon (74) destrozó la cabeza de un guarda marina a escasos 6 metros de él. El recuerdo de Aboukir sobrevoló su empolvada peluca.

Días después la escuadra buscaba alivio a sus heridas en el puerto de Vigo (rías bajas gallegas). Gravina solicitó por dos veces hablar con Villeneuve, pero éste alegó que tenía que reunirse con sus carpinteros y calafates para dar las instrucciones de reparación del navío, para evitar las que temía serían “felicitaciones” del palermitano por la pasividad gala ante el detrimento de sus aliados españoles. Éstos habían perdido dos navíos en el envite y la opinión general de los oficiales hispanos era que la flota francesa no había hecho todo lo posible para, primero, evitar la captura de los buques y, segundo, cargar contra los ingleses para recuperarlos en los días inmediatos a la refriega, a pesar de contar con la ventaja del viento. Los ánimos estaban un tanto encrespados en la escuadra española después de comprobar como, en la primera ocasión, la francesa se había inhibido en sus responsabilidades y además el jefe de escuadra, Gravina, a pesar de su graduación, había ocupado un lugar de bastante riesgo en el orden de combate y recibido una buena parte del fuego enemigo en su Argonauta- lo que, por cierto, había evitado males mayores en el resultado final, debido a una hábil maniobra de D. Federico que evitó que la línea hispano-francesa fuese doblada- mientras que Villeneuve se había preocupado de ubicar su Bucentaure en un protegido lugar en el medio de la línea. Era la primera vez que el almirante francés se había enfrentado en mar abierto a una flota inglesa y, conocedor de la ferocidad del fuego enemigo por ocasiones anteriores, había tomado muchas precauciones: línea de combate cerrada y tradicional (en paralelo); la escuadra española en la vanguardia, la francesa en la retaguardia; una vez terminadas las hostilidades, seguir rumbo a su destino y no arriesgar el grueso de la flota combinada para represar los navíos, pues sería necesaria en el ulterior cometido asignado por Napoleón.

Anclados en El Ferrol (rías altas gallegas), a donde había llegado la flota combinada desde Vigo, Villeneuve recibe instrucciones apremiantes de que no se demore más y se dirija sin vacilación a Brest, norte de Francia. Una vez reparados los daños y reemplazados los heridos, la escuadra parte hacia Brest pero, durante la travesía, una fragata francesa con base en el Ferrol informa a Villeneuve que frente a las costas bretonas están apostados no menos de 20 navíos de guerra ingleses. El almirante echa mano de la exención que Napoleón le había concedido y da media vuelta para entrar en Vigo. En su correspondencia al marino, el emperador había permitido a Villeneuve dirigirse a otro puerto y esperar mejor ocasión caso de fuerza mayor. Cuando cruzaban frente a Moaña (Pontevedra), el almirante de la flota combinada cambia de parecer y ordena mantener el rumbo y dirigirse hacia el cabo de San Vicente (Algarve portugués), punta que doblan a mediados de agosto. A finales de ese mes, la flota tiene Cádiz a la vista por babor y, según palabras de Magendie, capitán del Bucentaure, que aparecen reflejadas en el diario de a bordo “una enorme flota de bloqueo a estribor y a menos de 5 millas marinas del baluarte de la Candelaria”, cuando en realidad la flota de Collingwood era menor que la combinada y estaba ubicada a 10 millas de distancia de la ciudad gaditana. Los navíos franco-españoles entran en Cádiz y las fragatas de vigilancia inglesas replican la señal de que el enemigo acaba de fondear en el puerto.

Durante el mes de septiembre se acometieron en la combinada labores de reparación, reaprovisionamiento -sobre todo de agua y alimentos frescos- y recluta de leva para nutrir a las escasas dotaciones. Muchos de los “voluntarios” que habían hecho el periplo americano habían desertado al llegar a Vigo y los navíos necesitaban sangre nueva para manejar el aparejo y servir las piezas. Churruca, comandante del San Juan Nepomuceno en la bahía de Cádiz, da clases de matemáticas en la ciudad gaditana para costearse la reparación y puesta a punto de su navío, debido a lo roñoso de los pagos del ministerio de marina.

El ocho de octubre, Gravina por fin puede mirar cara a cara a Villeneuve después del fiasco de Finisterre. El almirante francés se encuentra al palermitano en la fragata francesa Themis donde son invitados a desayunar por el capitán de la misma, Jugan. Durante esa refacción, Villeneuve comunica a Gravina su intención de zarpar hacia el Mediterráneo para apoyar las operaciones en tierra que Napoleón tenía previsto llevar a cabo en Nápoles. Don Federico sorbía el café lentamente y miraba con odio al achaparrado francés, repantigado en su cómodo sofá-cama. Cuando llegó su turno, Gravina acusó a Villenueve de secretismo y de no ser solidario con los barcos españoles, de utilizarlos como arietes y desentenderse cuando son apresados o maltratados. Villeneuve replicó que él recibía órdenes del hombre más poderoso e irascible del mundo y que, aunque entendía el malestar español, tenía que ceñirse a los preceptos que puntualmente llegaban a su camarote del Bucentaure desde París y que advertían de dar prioridad exclusiva al desembarco en Inglaterra y no exponer efectivos inútilmente. Gravina tuvo que tragarse un juramento. En ese momento, entró un marinero con un mensaje para Villeneuve. Después de leer la carta, la cara del almirante se torna blanca como la leche y su expresión se agria. Acababan de comunicarle que un buque de tres puentes de nombre Victoria y dos fragatas se fundieron con la flota de bloqueo: Nelson había llegado. Villeneuve pidió permiso cortésmente y abandonó la estancia, no sin antes adelantar que esa misma tarde se celebrará un consejo de guerra a bordo del buque insignia donde deberán asistir todos los comandantes de navío.  Indignado, Gravina deja la cabina con un portazo y sale de la fragata dedicando entre dientes unos cuantos saludos a la familia de Villeneuve.

Para dilucidar el destino de Francia, a las 16.45 se sentaban en las confortables sillas del recibidor del Bucentaure, a ambos lados de Villeneuve, los contralmirantes Magon y Dumanoir y los capitanes Kejulien, Prigny, Maistral y Villegris. Al otro lado de la amplia mesa, Gravina era el portavoz de los mandos españoles representados por Churruca, Valdés, Galiano, Escaño y Álava. El teniente general español todavía rezumaba un poco de ojeriza en sus miradas a través de la mesa hacia el solemne Villeneuve. Durante la primera media hora se guardaron las formas y Gravina demostró ser un diplomático exquisito, asintiendo y conciliando en la medida de lo posible, a pesar de que dentro le bullía un verme que sin cesar le pedía levantarse, dar cuatro pasos y abofetear a aquel hombrecillo megalómano que portaba vergonzosamente los galones de almirante clavados sobre la tricolor y que estaba en el uso de la palabra cuando pronunció las que reiteraban su intención anunciada por la mañana de zarpar hacia el Mare Nostrum. Don Federico frunció el ceño y se mantuvo en silencio ante el comentario de Magon sobre la falta de hombría de Escaño –y por extensión de todos los oficiales españoles- cuando éste suscribió la opinión del palermitano de mantenerse en puerto a tenor de las previsiones meteorológicas adversas. Pero Galiano no fue tan moderado cuando invitó al galo, mediante el lanzamiento de un guante a su cara, a abandonar la sesión y unirse a él en la cubierta para comprobar si la sangre francesa era tan roja como la que se había derramado en el Firme y el San Rafael hacía casi tres meses. Dumanoir intentó sedar a Magon y Gravina recriminó con una mirada la actitud de Don Dionisio, que había estallado, harto de la prepotencia y de la inoperancia de los franceses por haber permitido la captura de su buen amigo Francisco de Montes en el combate del cabo Finisterre. La fricción termina con una aceptación del duelo por parte del francés “para cuando las circunstancias así lo aconsejen”. Los ánimos se enfrían a media que pasa el tiempo y Villeneuve manda a todos los capitanes que tengan a las dotaciones y pertrechos en perfecto estado para zarpar en cualquier momento. Ante este último imperativo, Churruca no puede reprimir una carcajada.

A mediados del mes de octubre otra misiva desde París espolea al almirante francés. En ella se le ordena que se presente inmediatamente en el palacio de Versalles y deje el mando de la flota a Gravina mientas Rosily no llega para reemplazarlo, que ya cruza expedito la península ibérica a bordo de un carruaje propulsado por dos jamelgos, uno de ellos nominado Marengo por su mayoral como tributo al emperador por el arrojo demostrado por el corso en aquella batalla. Como había dicho en su día a Decres, Villeneuve se dispone a cumplir con su parte de la estrategia napoleónica “al pie de la letra” y decide dirigirse a París por mar y remontar el Sena hasta el meandro de la Cité. En lo referente a dejar el mando a Gravina, el almirante francés lo verifica y otorga al genio palermitano la jefatura de la flota española. Efectivamente, ¿qué mejor y más segura manera de surcar en el Bucentaure las procelosas aguas del Atlántico que escoltado por 32 navíos de guerra para el caso de toparse con algún británico “groggy”? (del inglés grog, bebida muy popular entre esa marinería). Para ello ordena a la flota combinada salir de Cádiz el día 19, cosa que consigue a trompicones y gradualmente –eran 33 navíos- y cuando el 21 tenían a babor el cabo de Trafalgar se da cuenta que París queda en la dirección contraria y ordena una virada por avante que los marineros del Bucentaure tardan dos horas en consumar, prueba palmaria de que, como había criticado en su día, su destreza es muy superior a la de las dotaciones españolas, que emplearon exactamente 2 minutos más.

Tras un intercambio de salvas de saludo entre la combinada y la columnas inglesas de Nelson que arrebata un miembro a 3.000 familias francesas, españolas e inglesas, a las 16 horas el capitán Israel Pellew del Conqueror (74) envía una dotación de presa al capturado pecio que una vez fue el lustroso navío de 80 cañones Bucentaure para marinar el buque hasta la Roca, detener a los oficiales y enviarlos bajo custodia a presencia de Collingwood en la fragata Euralyus, después de que el Santa Ana de Álava dejase el Royal Sovereign completamente descuartizado. Cuando llega al casco y sube la escalerilla, el teniente Richard Spear, de la dotación del Conqueror, después de sortear un reguero de cuerpos destripados, se topa en el alcázar con el almirante Villeneuve, impoluto y en estado de shock, asiendo con fuerza un águila imperial gala. Con más de 500 miembros de la dotación muertos o heridos, Villeneuve es uno de los pocos que no tiene ni un rasguño. Sentado sobre un madero, impávido, con la mirada al infinito y acompañado de su capitán Magendie, el almirante es incapaz de articular palabra durante 10 minutos ante el interrogatorio de Spear, a pesar de su dominio del bárbaro lenguaje de las islas. El almirante jefe de la flota combinada, escruta al teniente Spear de arriba abajo y los labios del francés registran movimientos convulsos en su ánimo de hacerse entender. Finalmente, con acento provenzal, acierta a decir su nombre, graduación y cometido de la campaña. Ya a bordo de la lancha, Villenuve intenta arrojarse a un mar embravecido con el águila apretada contra el pecho. Tras un forcejeo con dos guardia marinas ingleses, el almirante es reducido y ubicado en el medio del bote entre dos hombres para que no vuelva a intentarlo.

Cuando el capitán Maistral del Neptune, uno de los navíos que pudo volver a la tacita de plata al anochecer del 21, comunicó a la capitanía francesa en el departamento de Cádiz la dimensión de la masacre, imaginándose la cara del emperador cuando se le comunicase, los nervios aflojaron la circunspección y objetividad intrínsecas de los altos mandos galos y el día 25 siguiente se procedió a redactar el que fue informe oficial galo del holocausto naval hasta que Villeneuve envió el suyo a Decres, y que apareció publicado en el periódico francés Le Moniteur y rezaba así:

•“Cuartel general, Cádiz, 25 de octubre de 1805


•Las operaciones de la marina imperial reflejan en el Atlántico aquéllas del gran ejército imperial en Alemania.


•La flota inglesa está aniquilada, Nelson ya no existe!. Indignados por estar inactivos en puerto mientras nuestros valerosos hermanos de lucha ganaban laureles en Alemania, los almirantes Villeneuve y Gravina decidieron zarpar y presentar batalla a los ingleses. Eran superiores en número, 45 por nuestros 33, pero, ¿qué es eso para hombres dispuestos a luchar y ganar?. Nelson hizo todo lo posible para evitar el choque e intentó entrar en el Mediterráneo, pero lo perseguimos y lo atrapamos en Trafalgar. Los franceses y los españoles competían por ver quién entraba en acción primero. Los almirantes Villeneuve y Gravina estaban ansiosos por prolongar sus buques al Victory, el insignia de Nelson. La fortuna, siempre tan constante para el emperador, no favoreció a ninguno. El Santísima Trinidad fue el buque afortunado. El almirante inglés trató en vano de evitar la acción ya que el almirante español Álava lo frustró y enganchó su navío al Victory que tenía 184 cañones, por 74 del Trinidad. Nelson adoptó un sistema nuevo. Temeroso de enfrentarse a nosotros a la vieja usanza en la que sabe tenemos superior destreza, como demostramos con nuestra victoria sobre Calder, intentó un nuevo modo de lucha. Nos confundió momentáneamente, ¿pero quién puede confundir a la marina imperial todo el rato?.  Luchamos brazo contra brazo, cañón contra cañón, durante 3 horas. Los ingleses empezaban a sucumbir, no podían resistir, pero nuestros valientes marineros se cansaban de esta tediosa forma de ganar y decidieron abordarlo al grito de “al abordaje”. Su bravura era irresistible. En ese momento, dos barcos, uno español y otro francés, abordaron al Temeraire. Los ingleses recularon asombrados y atemorizados. Corrimos al palo y arriamos su bandera. Estaban todos tan ansiosos de portar las nuevas al propio barco que saltaron por la borda y el navío inglés, por este acto desafortunado de los aliados, fue capaz mediante la asistencia de dos más de escapar para hundirse más tarde.


•Mientras tanto, Nelson todavía resistía. Ahora era una cuestión de ver quién abordaba y tenía el honor de capturarlo, franceses o ingleses. Dos almirantes de cada lado disputaron ese privilegio y saltaron al barco al mismo tiempo. Villeneuve voló sobre la cubierta y con la generosidad habitual del francés, llevó un puñado de pistolas en las manos. Sabía que el almirante había perdido un brazo y no podía blandir la espada, por lo que ofreció una pistola a Nelson; lucharon y Nelson cayó al segundo disparo. Fue llevado abajo inmediatamente. Álava, Gravina y Villeneuve lo atendieron con la consabida humanidad francesa. En ese momento, 15 navíos ingleses había arriado bandera, 4 más fueron obligados a seguir su ejemplo y otro explotó. Nuestra victoria era ahora completa y nos preparamos para tomar posesión de las piezas, pero los elementos fueron desfavorable y se desató una tormenta horrible.


•Gravina escapó de vuelta a su barco al principio pero Villeneuve y el almirante español no pudieron y permanecieron en el Victory. La tormenta era fuerte y terrible pero nuestros bajeles fueron bien marinados y pudieron salir airosos. Los ingleses, mucho más dañados, fueron empujados a la orilla y muchos se hundieron. Al final cuando la tormenta cesó 13 franceses y españoles volvieron sanos a Cádiz, los otros 20 sin duda han arribado a otros puertos y su situación se conocerá en breve. Repararemos nuestros daños tan pronto como podamos y saldremos de nuevo en persecución del enemigo y les mostraremos nuestra determinación para arrebatarles el imperio de los mares y cumplir con las órdenes del emperador en relación a los barcos, colonias y comercio.


•Nuestra pérdida fue insignificante, la de los ingleses enorme. Tenemos sin embargo que lamentar la ausencia del almirante Villeneuve, cuyo coraje lo llevó más allá de los estrictos límites de prudencia y después de abordar el Victory, no pudo volver a su navío.


•Después de haber conseguido una victoria tan decisiva esperamos con impaciencia la orden del emperador para partir hacia la costa enemiga, destruir el resto de su marina y así completar el trabajo triunfal que hemos empezado tan brillantemente”.


Cuando llegaron a la Euralyus, Villeneuve y Magendie fueron recibidos en la cubierta por el vicealmirante Collingwood y juntos bajaron a su camarote. Collingwood se quedaría maravillado de las formas del francés. El británico afirmó que, contrariamente a lo que se esperaba, Villeneuve se comportó con un refinamiento sorprendente y dijo de él que “a pesar del infierno que tuvo que haber pasado, en ningún momento se lamentó en su presencia por su infortunio”. Desde la fragata del ahora jefe de escuadra británico tras la muerte de Nelson, el modélico preso –conocedor del que apareció en L´Moniteur- redactó el 15 de noviembre su informe oficial para el emperador y decía así, según aparece en las páginas 128 a 132 del libro “ The enemy at Trafalgar”, London, Hodder and Stoughton:

•“A mediodía señalé a la flota que empezase a disparar tan pronto como el enemigo estuviese a tiro y a las 12.15 el Fougueux y el Santa Ana abrieron fuego sobre el Royal Sovereign, que encabezaba la columna de estribor enemiga, con la insignia del almirante Collingwood. Los cañonazos cesaron momentáneamente e instantes después se reiniciaron con violencia desde todos los buques inmediatos; ello no evitó, sin embargo, que el enemigo rompiese la línea por la popa del Santa Ana.


•La columna de babor, dirigida por el Victory, que llevaba la insignia del almirante Nelson, se aproximaba de una manera muy similar. Parecía que intentase romper el vínculo entre el Santísima Trinidad y la popa del Bucentaure. Pero, debido a que halló nuestra línea bien formada o por cualquier otra razón, cuando estaba a tiro de pistola (mientras nosotros, por nuestra parte, preparábamos el abordaje con los garfios listos para lanzarlos) orzó a estribor y pasó detrás del Bucentaure. El Redoutable había tomado la posición del Neptune (francés),  que había caído a sotavento, y heroicamente cumplió con la obligación que se supone al segundo matalote del buque insignia. Abordó al Victory, pero la debilidad del viento no impidió que éste pasara cerca de la popa del Bucentaure y descerrajase varias andanadas de bala triple en hilera de efectos demoledores y mortíferos. En ese momento señalé “todos los barcos sin objetivo de fuego debido a su posición, entren en acción cuanto antes”. Me resultaba imposible ver qué pasaba en el centro y retaguardia debido a la densa humareda que nos envolvía.


•Al Victory le sucedieron dos tres puentes (el Neptune y el Britannia) y varios de 74. Todos ellos, uno después del otro, pasaron por la popa del Bucentaure. Acababa de hacer la señal para que la vanguardia virase en nuestra ayuda, cuando cayeron el palo mayor y el de mesana. Los barcos ingleses que habían pasado por nuestra popa ahora nos atacaban desde sotavento, sin haber sufrido, lamentablemente, grandes daños por el fuego devuelto de nuestras baterías. La mayoría de nuestras piezas estaban desmontadas y otras inutilizadas u obstruidas por la caída del aparejo. Ahora y por un momento el humo se desvaneció y vi que el centro y la retaguardia se habían retirado. También me di cuenta de que mi buque insignia era el más sotaventado de todos. Sin embargo todavía teníamos el palo de trinquete y nos daba la posibilidad de orzar y acercarnos a un grupo de barcos próximos que parecían tener pocos daños: pero inmediatamente se vino abajo como los otros. Ya tenía la barcaza preparada para, en caso de que el Bucentaure fuese desarbolado, poder embarcar en otro y enarbolar allí mi insignia.


•Cuando cayó el palo mayor, ordené se despejase la cubierta para bajar los botes, pero todos estaban inservibles por cañonazos o la caída de los mástiles. Entonces grité al Santísima Trinidad, a nuestra proa, que nos remolcase. Pero no contestó; en ese momento el Trinidad estaba combatiendo ferozmente. Un tres puentes lo acribillaba por la aleta de popa y otro por la amura de proa desde sotavento. Sin posibilidad de repeler a mis enemigos, abandonada toda la cubierta principal y las piezas de 24, cadáveres y heridos apilados por doquier, con el buque aislado en medio de navíos enemigos e incapaz de dar a la vela, tuve que ceder a mi destino. Seguir en aquellas circunstancias hubiese supuesto un derramamiento de sangre inútil.


•Como ya he dicho, toda la flota detrás del Bucentaure estaba desperdigada; muchos barcos, desmantelados; otros todavía combatían en retirada hacia un grupo de buques al este. Parte del escuadrón del contra-almirante Dumanoir trató de atacar un grupo enemigo a sotavento, mientras otros cinco seguían a barlovento e intercambiaban cañonazos con los bajeles británicos al pasar, pero desde lejos. El más atrasado, creo que el Neptuno (español), que estaba ligeramente sotaventado, tuvo que arriar bandera.


•Como consecuencia de la naturaleza del ataque del enemigo, no pudo evitarse una batalla enmarañada y las series de enfrentamientos barco a barco subsiguientes se dilucidaron con las más noble devoción. El enemigo partía con ventaja debido a sus potentes buques, siete de los cuales eran de tres puentes, el más pequeño con un porte de 114 cañones (sic.), en peso de sus cañones y carronadas y en la habilidad de su tripulación, por la experiencia de tres años, una forma de entrenamiento que, por supuesto, había sido imposible para la flota combinada. La valentía y la entrega a Francia y al emperador, mostrada por oficiales y tripulación, no podía superarse. Se había demostrado, desde que zarpamos por primera vez, y también al preparar la batalla por los ánimos y gritos de “viva el emperador!” con que eran recibidas todas las señales hechas desde el buque insignia. No vi a un solo hombre retroceder cuando avistamos la formidable columna de ataque del enemigo, encabezada por cuatro tres puentes, y que se cernía sobre el Bucentaure. No me cabe duda, monseñor, que ya ha recibido VD, de otros oficiales que se encontraron en posición de remitirlos, ejemplos del valor y entrega desplegados por todas partes. Tanta bravura y devoción merecían un destino mejor, pero a Francia todavía no le ha llegado el momento de celebrar éxitos en la mar, como si ha hecho ya en tierra firme.


•Por lo que a mi concierne, monseñor, abrumado por la magnitud de mi desdicha y la responsabilidad de semejante desastre, sólo deseo, cuanto antes, poner a los pies de su majestad ora la justificación de mi conducta, ora a mi mismo como víctima para ser sacrificada, no por el honor de la bandera, que me atrevo a decir está intacto, sino en nombre de aquellos que pueden haber sucumbido debido a mi imprudencia, a mi deseo de precaución o negligencia en mis obligaciones”
Pierre Charles de Villeneuve.


Después de pasar cuatro meses en un infecto pontón de Portsmouth (sur de Inglaterra), Villenueve es alojado junto con Magendie en una residencia de oficiales en Reading. Allí recibía puntualmente noticias de los éxitos militares de Francia en tierra y se alegraba por ello. Sin embargo, su salud se estaba deteriorando. La humedad del crudo invierno inglés dejó huella en él. Relatos contemporáneos de oficiales de su custodia retratan a un hombre avejentado prematuramente –tenía 43 años-, con problemas reumáticos y respiratorios. El otrora vigoroso cabello azabache se había tornado en un ralo mechón gris. Villeneuve sufrió de arritmia y tuvo un ataque de ansiedad cuando leyó lo que Napoleón escribió a Decres en uno de sus frecuentes arrebatos de cólera: “Villeneuve no es capaz de mandar ni una fragata. Falta en la marina un hombre con coraje, frío y audaz”.

Tras jurar por su honor ante el almirantazgo británico que nunca intentaría ofender nuevamente los intereses de Inglaterra, Villeneuve es liberado a mediados de abril de 1806 y llega a Rennes (Francia) el 21 del mismo mes, alojándose en el hotel Patrie.  Al día siguiente, después de cenar una menestra de verduras y cordero al ajillo, da permiso a su empleado doméstico Bacqué para irse tras acabar su jornada. El almirante se queda solo en su habitación y se enfrasca en la lectura de su libro favorito, La Odisea, del poeta griego Homero. Al poco rato llaman a la puerta y Villeneuve pregunta quién vive. Una voz educada anuncia la llegada de una visita femenina. El almirante abre la puerta y tres individuos de aspecto pulcro lo empujan encima de la cama. Tras una lucha desigual, minutos después Villeneuve agoniza después de perder más de 3 litros de sangre. Le habían asestado 4 puñaladas en el hemitórax derecho y dos en el cuello. La autopsia demuestra que las 6 cuchilladas habían sido infligidas con una fuerza brutal similar, lo que desvirtúa la versión del suicidio, a pesar de los informes oficiales que firmaron los comisarios Bacon y Bart. Napoleón se había vengado: había comisionado a Magendie para eliminar al culpable de la ignominia de Francia.



en.
http://www.todoababor.es/articulos/villeneuve-alm.htm

_________________
Un pájaro inocente,/herido de una flecha/guarnecida de acero/y de plumas ligeras,/decía en su lenguaje/con amargas querellas:
/Más crueles que fieras,/con nuestras propias alas,/que la Naturaleza/nos dio, sin otras armas/para propia defensa,/forjáis el instrumento/de la desdicha nuestra,/haciendo que inocentes/prestemos la materia./Pero no, no es extraño,/que así bárbaros sean/aquellos que en su ruina/trabajan, y no cesan./Los unos y otros fraguan/armas para la guerra,/y es dar contra sus vidas
plumas para las flechas.»
Samaniego, Félix Mª de
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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Sáb 24 Oct 2015 - 11:56

bashar escribió:
Siempre me llamo la atención del almirante francés, Villeneuve, por so traigo al topic sin que nadie me halla llamado esta nota que me llamó la atención.

Bienvenido a bordo estimado Oscar, sinceramente nunca había leído nada sobre la vida de Villeneuve.

Completo un poco con los nombres de las unidades que participaron en la batalla, las columnas contiene el nombre de la nave, la tripulación y entre paréntesis los muertos y heridos, el número de cañones de la misma y en que situación termino la batalla.

Unidades españolas

Argonauta - 798 († 100 / h. 203) - 92 cañones 2 puentes - Capturado y hundido
Bahama - 702 († 75 / h. 67) - 74 cañones 2 puentes - Capturado y hundido
Monarca - 667 († 100 / h. 150) - 74 cañones 2 puentes - Capturado, quemado
Montañés -749 († 17 / h. 25) - 80 cañones 2 puentes - Huido
Neptuno - 800 († 42 / h. 47)  - 80 cañones 2 puentes - Perdido en la costa
Príncipe de Asturias - 1141 († 52 / h. 110) - 112 cañones 3 puentes - Huido
Rayo - 830 († 4 / h. 14) - 100 cañones 2 puentes - Naufragó
San Agustín - 711 († 180 / h. 200) - 80 cañones 2 puentes - Capturado y hundido
San Francisco de Asís - 657 († 5 / h. 12) - 74 cañones 2 puentes  - Varado
San Ildefonso - 716 († 34 / h. 126) - 74 cañones 2 puentes - Capturado
San Juan Nepomuceno - 530 († 100 / h. 150) - 74 cañones 2 puentes - Capturado
San Justo - 694 († 0 / h. 7) - 76 cañones 2 puentes - Huido
San Leandro - 606 († 8 / h. 22) - 74 cañones 2 puentes  - Huido
Santa Ana - 1.102 († 99 / h. 141) - 120 cañones 3 puentes - Recapturado
Santísima Trinidad - 1159 († 205 / h. 108) - 140 cañones 4 puentes - Capturado y hundido

Unidades Francesas.

Scipion - 817 († 5) -74 cañones 2 puentes - Huido
Intrépide - 745 († 100 / h. 200) - 74 cañones 2 puentes - Hundido
Formidable - 840 († 11 / h. 30) - 80 cañones 2 puentes - Huido
Duguay-Trouin - 755 († 13 / h. 23) - 74 cañones 2 puentes - Huido
Mont-Blanc - 755 († 2) - 74 cañones 2 puentes - Huido
Héros - 690 († 11 / h. 23) - 74 cañones 2 puentes - Huido
Bucentaure - 888 († 192 / h. 46) - 80 cañones 2 puentes - Hundido
Redoutable - 643 († 487 / h. 81) - 74 cañones 2 puentes - Hundido
Neptune - 888 († 30 / h. 40) - 80 cañones 2 puentes - Huido
Indomptable - 887 († 800) - 80 cañones 2 puentes - Hundido
Fougueux - 693 († 600 / h. 10) - 74 cañones 2 puentes - Hundido
Pluton - 755 († 67 / h. 130) - 74 cañones 2 puentes - Huido
Algésiras - 755 († 85 / h. 142) - 74 cañones 2 puentes - Recapturado
Aigle - 755 († 100 / h. 200) - 74 cañones 2 puentes - Hundido
Swiftsure - 755 († 70 / h. 122) - 74 cañones 2 puentes - Capturado
Argonaute - 755 († 53 / h. 127) - 74 cañones 2 puentes - Huido
Achille - 755 († 480 / h. 30) - 74 cañones 2 puentes - Volado
Berwick - 755 († 300 / h. 15) - 74 cañones 2 puentes - Hundido

La flota Británica

HMS Africa - 498 († 8 / h. 44) - 64 cañones 2 puentes
HMS Victory - 821 († 57 / h. 102) - 100 cañones 3 puentes
HMS Temeraire - 718 († 47 / h. 76) - 98 cañones 3 puentes
HMS Neptune - 741 († 10 / h. 34) - 98 cañones 3 puentes
HMS Leviathan - 623 († 4 / h. 22) - 74 cañones 2 puentes
HMS Conqueror - 573 († 3 / h. 9) - 74 cañones 2 puentes
HMS Britannia - 788 († 10 / h. 42) - 100 cañones 3 puentes
HMS Agamemnon - 490 († 2 / h. 10) - 64 cañones 2 puentes
HMS Orion - 541 († 1 / h. 23) - 74 cañones 2 puentes
HMS Minotaur - 615 († 3 / h. 22) - 74 cañones 2 puentes
HMS Spartiate - 615 († 3 / h. 20) - 74 cañones 2 puentes
HMS Royal Sovereign - 826 († 47 / h. 94) - 100 cañones 3 puentes
HMS Belleisle - 728 († 33 / h. 93) - 74 cañones 2 puentes
HMS Mars - 615 († 27 / h. 71) - 74 cañones 2 puentes
HMS Tonnant - 688 († 26 / h. 50) - 80 cañones 2 puentes
HMS Bellerophon - 522 († 28 / h. 127) - 74 cañones 2 puentes
HMS Colossus - 571 († 40 / h. 160) - 74 cañones 2 puentes
HMS Achille - 619 († 13 / h. 59) - 74 cañones 2 puentes
HMS Revenge - 598 († 28 / h. 51) - 74 cañones 2 puentes
HMS Polyphemus - 484 († 2 / h. 4) - 64 cañones 2 puentes
HMS Swiftsure - 570 († 9 / h. 8 ) - 74 cañones 2 puentes
HMS Dreadnought - 725 († 7 / h. 26) - 98 cañones 3 puentes
HMS Defiance - 577 († 17 / h. 53) - 74 cañones 2 puentes
HMS Thunderer - 611 († 4 / h. 12) - 74 cañones 2 puentes
HMS Defence - 599 († 7 / h. 29) - 74 cañones 2 puentes
HMS Prince - 735 († 0 / h. 0) 98 cañones 3 puentes

Un abrazo.

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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Jue 27 Oct 2016 - 6:30

Así se resolvió el enigma del buque perdido de la Batalla de Trafalgar
Investigadores de la Universidad de Cádiz localizan, 211 años después, las partes desaparecidas del ‘Fougueux’ aplicando un modelo matemático de dispersión

JESÚS A. CAÑAS
Cádiz 27 OCT 2016 - 05:47 CEST



Dos buzos realizan un trabajo en el mar de validación experimental de la dinámica marina. UNIVERSIDAD DE CÁDIZ


El destino tenía preparado un último y cruel revés para los supervivientes de la Batalla de Trafalgar. Al amanecer del 22 de octubre de 1805, justo un día después del enfrentamiento, un terrible temporal desató su furia sobre los buques que se encontraban en la costa gaditana. La virulencia fue tal que, si durante el fuego cruzado solo se hundió un barco, durante la embravecida tempestad se fueron a pique 14 de los 17 buques españoles y franceses que apresó la Armada británica. Uno de esos navíos presos y zozobrados fue el francés Fougueux, los aproximadamente 20 náufragos que consiguieron llegar a la costa (frente a los 562 fallecidos) dieron cuenta de ello. En el Bicentenario de la Batalla, una expedición consiguió localizar un tercio del barco francés frente a la laya de Camposoto (Chiclana de Frontera). Sin embargo, el enigma era evidente: ¿dónde estaban las dos terceras partes del malogrado buque?. Ahora, 211 años después, la pionera aplicación de un modelo físico-matemático ha hecho posible encontrarlos y resolver un misterio histórico.

Han sido investigadores de la Universidad de Cádiz los que, por fin, han conseguido descubrir el paradero de los resto perdidos y, de paso, han descubierto la novedosa aplicación de un enfoque probabilístico de las matemáticas al campo de la arqueología subacuática. El catedrático Manuel Bethencourt, el profesor Alfredo Izquierdo y el investigador Tomás Fernández Montblanc son los artífices del hallazgo, realizado en el seno de la tesis doctoral del tercero. Los tres lo han publicado en la revista científica Archaeological and Anthropological Sciences.

El Fougueux fue un navío de línea de 74 cañones que, tras rendir su bandera a los ingleses, fue apresado y remolcado con destino a Gibraltar. Sin embargo, una tormenta de ocho días lo dejó a la deriva hasta que embarrancó muy cerca del Castillo de Santi Petri, frente a la playa de Camposoto. Durante años, el Centro de Arqueología Subacuática de Cádiz ha trabajado documentando los restos, tanto de este buque, como de los muchos que se conservan bajo las aguas de la Bahía de Cádiz. El Fougueux se localiza en una zona conocida como Bajo de las Morenas, en un “yacimiento en el que se encontraron, restos del casco, 32 cañones, un ancla frente a cinco o seis que solían embarcar este tipo de navíos, y numerosos objetos típicos de este tipo de navíos”, como explica Bethencourt. Pero faltaba más. De ahí que los investigadores, vinculados a las Ciencias del Mar, decidieran intentar despejar la incógnita aplicando un modelo matemático de dispersión.


Primero, la historia

No fue un proceso sencillo. La amplia investigación histórica procedente de cuadernos de bitácora, regimientos de tierra o torres vigías, tampoco lo puso fácil. La incertidumbre reinante en pleno temporal hizo que se apuntaran hasta tres buques que podrían haberse hundido en la zona: el Fougueux, el Montblanc y el Agile. El parte de la torre vigía de Tavira en Cádiz informó que, una nave embarrancada frente a la playa de Camposoto, se partió en pedazos en la mañana del 25 de octubre de 1805. Los investigadores consiguieron encontrar evidencias documentales de que el destino del Montblanc y el Agile no fue el descrito por el vigía de Cádiz. El Fougueux era el único que, por tanto, se había perdido de esa forma y en ese día.

Y esa información era clave para saber el destino que sufrieron los dos tercios del buque que no zozobraron en ese punto. Gracias a estudios meteorológicos posteriores al suceso, se sabía que la tormenta que azotó la cornisa atlántica de la provincia de Cádiz fue de especial virulencia. Duró ocho días y sus vientos fueron rolando, de componente suroeste a noroeste. “Necesitábamos saber cómo evolucionó para simular las condiciones y averiguar hacia donde fueron los restos del barco”, explica el catedrático. No era fácil, como añade Bethencourt: “Fue un temporal muy atípico, de esos que se repiten una vez cada muchos años”. Ese año llegó en 2009, cuando una tormenta de similares características barrió la misma zona y, en esta ocasión, los datos sí se registraron.


Con la documentación histórica, los estudios de la tormenta de 1805 y los datos concretos de la de 2009, los investigadores tenían datos con los que trabajar. A eso se sumaron los conocimientos batimétricos (de las profundidades marinas) existentes; la caracterización física de la zona, basada en campañas anteriores del proyecto ARQUEOMONITOR, e información oceanográfica y meteorológica del sistema de oceanografía pre-operacional OceansMAP-UCA. Los investigadores generaron un modelo hidrodinámico de circulación costera y oleaje. “La deriva de un trozo de barco depende de la naturaleza del mismo, del tamaño y del equilibrio de fuerzas sobre la parte emergida y sumergida”, explica Tomás Fernández. Por ello, los datos generados con el modelo hidrodinámico y de viento se usaron para forzar un modelo de dispersión lagrangiana en el que se pretendía reproducir el movimiento de miles de partículas distintas con las condiciones de la tormenta de ese día.


Simulaciones y pruebas de campo

Sin embargo, el correcto funcionamiento del modelo de dispersión lagrangiana depende, en gran medida, de la calidad de los datos de hidrodinámica y viento. “La duda era: ¿lo estamos haciendo bien?”, reconoce el profesor Izquierdo. Por ello, realizaron un trabajo en el mar de validación experimental de la dinámica marina (hidrodinámica y oleaje). El contraste entre estos datos medidos en campo y los obtenidos con el modelo reveló que el último reproducía correctamente la dinámica marina en la zona. Con esa certeza, ya podían utilizar el resultado para forzar el modelo de dispersión de partículas. Tras reproducir el movimiento de miles de partículas, el 90% de ellas estaban en un área concreta. En efecto, en una prospección geomagnética y batimétrica de esta zona aparecieron cuatro agrupaciones de restos arqueológicos.

Eran 40 cañones y 5 anclas de tipología similar a los que ya se conocían en el Bajo de las Morenas. Todo parecía indicar que acaban de encontrar los dos tercios perdidos del Fougueux. Entre los numerosos restos arqueológicos en la zona, la herramienta permitió discernir cuáles correspondían al Fougueux. Además, para asegurarse, los investigadores realizaron una caracterización química y metalográfica de un pequeño fragmento de cobre que apareció en una de las agrupaciones de restos encontradas. Era idéntico a los forros de cobre empleados para proteger el casco de los navíos franceses de aquella época. Su investigación había llegado a buen puerto.

Ahora, Bethencourt e Izquierdo, como directores de la tesis, no pueden ocultar el orgullo por el éxito alcanzado en el trabajo de Fernández Montblanc. “No conocemos que se haya aplicado a otra investigación similar un enfoque probabilístico como éste”, matiza Izquierdo. A juicio de el profesor han conseguido demostrar que “la aplicación de herramientas numéricas basadas en modelos hidrodinámicos y de dispersión son muy efectivas”. De hecho, ya han recibido llamadas interesadas en aplicar lo aprendido en otros casos de patrimonio subacuático. “Estamos intentando demostrar que puede haber una comunión de intereses entre distintas ciencias”, añade Izquierdo.

Tanto es así que la aplicación de este enfoque físico-matemático puede servir en otros campos. “Para la dispersión de una mancha de aceite de un barco, cuando hay un vertido o para localizar a un náufrago tras un hundimiento”, apunta el catedrático de la UCA. De momento, los tres investigadores se muestran interesados en continuar el camino emprendido. Quieren encontrar nuevas ocasiones en las que poder arrojar la luz que ya han encontrado las últimas horas del Fougueux, el buque con el que no pudo una épica batalla pero que hundió una furibunda tempestad.

Fuente: El pais

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MensajeTema: Perez Reverté   Vie 28 Oct 2016 - 13:23

Hola,

Acabo de leer la novela "Cabo Trafalgar", de Pérez Reverté, ¡se las recomiendo!

Villeneuve, un inútil, Dummonier, cobarde (huyó de la batalla con cuatro buques de línea dejando al buque insignia abandonado a su suerte).

Cayó herido Cisneros, y murieron el gran Churruca y Gravina.

Saludos,

José Luis
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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Vie 28 Oct 2016 - 13:30

No se si Villeneuve fue tan inutil, pero que podria haber utilizado una tactica mejor, claramente pero enfrente tenia a la RN de Nelson & Cia... El tipo hizo lo que pudo con lo que tenia... el problema fue Dummonier que literalmente "lo cagó".

La escuadra española y la parte de la francesa que se quedo con Villeneuve si se batieron con coraje y dieron todo.

Viendo el listado de buques... me llama la atencion de que no se haya perdido un solo buque ingles.

Slds

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MensajeTema: Viraje   Vie 28 Oct 2016 - 13:39

Facundo M escribió:
No se si Villeneuve fue tan inutil, pero que podria haber utilizado una tactica mejor, claramente pero enfrente tenia a la RN de Nelson & Cia... El tipo hizo lo que pudo con lo que tenia... el problema fue Dummonier que literalmente "lo cagó".

La escuadra española y la parte de la francesa que se quedo con Villeneuve si se batieron con coraje y dieron todo.

Viendo el listado de buques... me llama la atencion de que no se haya perdido un solo buque ingles.

Slds

El tema es que cuando ordena viraje de escuadra, lo hace tarde y con problemas para orzar, se le desarma la línea porque no todos los buque pudieron virar (algunos tuvieron que virar con ayuda de botes) y quedan huecos para que pasen las "cuchillas" de Nelson, y ahí empiezan a atacar buque por buque en superioridad numérica táctica. Sumale que Dummonier se rajó, y fin de la historia.

Hubiera sido preferible combatir sin virar, probablemente.

Slds,

JL

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MensajeTema: Re: Infografía de la batalla de Trafalgar   Hoy a las 22:04

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